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- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.
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Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.










Puedo desmembrarme

llamarte

sin pronunciar palabra:

Abrir la boca

estirar la lengua

penetrar la tierra

enraizar debajo de las lombrices

donde esquivamos nuestro encuentro.

Quiero que me busques
soy el muro agusanado tras la enramada espesa.
Hay un enjambre de moscas que bien suenan
a pensamientos bulliciosos.
Ahora que nadie me tiene
albergo grillos en los oídos
y duele menos la soledad despótica,
y el sol me rastrea a duras penas
entre la humedad donde se hunde
el pecho descolorido.





Vos tenés
las yemas lascivas
bajo el temblor de
mi vientre.

La boca húmeda entre
las piernas tímidas.

De nuevo el deseo
sobre la espalda durmiente.

Descomposición

Me siento putrefacta
de tanto sinsentido
¡lo estoy gritando!
vomitando blancas
larvitas que son
el olvido.

Solía dotarme
de palabras fecundas,
recostar la espalda en
el piso de la ducha, acariciar
con las yemas los azulejos y
sentirme acuáticamente vieja

pero cuando una ve
su propio cuerpo
podridamente enajenado
se tantea desesperada y
como si fueran otras las manos
bucea protegiendo
la patética fragilidad.

Esta sangre que grito
desde el cuello marchito
es una ya volcada
de gusanos añejos.
¡Abandónenme!
Lo estoy diciendo
¡no más palabras!

Entonces prefiero callar

Entonces prefiero callar.
No es que no tenga palabras
no quiero elegir
la mortal insatisfacción
de lo dicho,
ese irrefrenable libertinaje
de lo dicho.
Toda la física quietud
en la lengua es el reparo. En la boca o la garganta. Tibia labilidad tierno regocijo
siempre silencio.